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¿Cuántas veces te has reinventado? Después de los acontecimientos pandémicos de 2020, todos nos planteamos la forma de crear una nueva vida. O al menos eso nos decían los medios y las redes sociales constantemente…»tenemos que reinventarnos».

Parecía un libreto que se replicaba una y otra vez. Entonces muchas personas empezaron a cuestionarse qué hacer realmente, porque uno puede reinventarse y empezar a cocinar en casa para tener hábitos más saludables, pero de lo que se estaba hablando específicamente de una reinvención profesional para salir de la crisis económica que se generó por el COVID-19.

No sé cuántos emprendimientos se crearon en Colombia y en otros países durante la cuarentena, pero seguramente muchas personas empezaron a vender comida a domicilio, ropa de catálogo y otros empezamos a ofrecer clases online de lo que sea que supiéramos. Ni qué decir de las personas que empezaron a practicar algún tipo de actividad física en casa, o a meditar, porque «ahora sí hay tiempo». ¿Cuánto duró esto? Muy poco… porque reinventarse no solo requiere el primer impulso lleno de adrenalina y emoción, también requiere una buena planeación, disciplina y auto-motivación.

Reinvención Profesional

Te voy a contar mi recorrido laboral con varios propósitos: darte un poco de contexto, mostrarte a detalle todos mis errores y lo más importante, que no caigas en lo mismo. Soy Ingeniera Química de profesión. Me gradué en 2013 y ejercí la carrera en varias oportunidades, aunque no siempre de corrido.

Entre 2013 y 2015 todo iba bien para mi gremio, pero en 2016 llegaron los tiempos difíciles para el petróleo y me despidieron del primer trabajo que con tanto amor acepté en Houston, Texas. Dada la situación decidí llevar a cabo mi primera reinvención. Apliqué como gerente de proyectos en una empresa que se dedica a hacer equipos para purificar agua, especialmente en plataformas y pozos petroleros. Esta decisión estaba pensada hace mucho tiempo, aún antes de que me despidieran. La razón es que había tomado un curso de seis meses en Gerencia de Proyectos bajo la metodología del Instituto de Gerencia de Proyectos (PMI, por sus siglas en inglés) y el tema me emocionaba mucho. Es más, me apasionaba. Esta fue mi primera decisión bien calculada.

Soltar el sueño por hacerle caso a los demás

Estando en ese trabajo como gerente de proyectos aprendí muchísimo, hice amigos, conocí diferentes culturas, escuché del budismo de parte de dos hombres practicantes y tuve la oportunidad de hacer viajes de negocios, tanto nacionales como internacionales. Parecía un sueño hecho realidad. Amaba mi trabajo, mis responsabilidades, y lo que estaba aprendiendo….Pero estaba muy inmadura para valorarlo y me faltaba convicción en mis propios ideales.

En la empresa había un par de personas que no congeniaban muy bien conmigo y mi energía era débil para soportarlo (aún trabajo en ello). Además me hice un montón de historias en mi cabeza. Una de ellas era que por mi posición, todo lo que yo hiciera debía ser del agrado de todos. A eso súmale que la compañía estaba pasando por un momento económicamente complicado y los despidos masivos eran frecuentes. Eso me generó mucho miedo porque ya había pasado por algo similar y no quería repetirlo.

Pero lo peor fue que me dejé convencer de que lo mío era encontrar un trabajo como ingeniera química pura y dura, porque ejercer mi profesión desde la parte técnica daba más dinero que ser Project Manager. Eso era lo que me decían muchas personas que para mí eran voces de autoridad. Como dirían en mi país; «Zapatero a tu Zapato».

Todos esos factores me afectaron emocionalmente y después de 9 meses, decidí buscar trabajo en algo muuuuy técnico y diferente a lo que había hecho antes.

La Parte Técnica vs La Parte Gerencial

El universo me respondió rapidito. Pasé de ser gerente de proyectos a trabajar como ingeniera mecánica. Tenía que analizar las condiciones de operación de equipos y tuberías en refinerías (presión, temperatura, flujo y materiales) para evitar pérdidas de contención, o sea, fugas. Mi función era cuidar de la estabilidad de la operación mediante mantenimiento preventivo basado en simulaciones.

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Meh

La empresa pintaba muy bien. Era una start-up en crecimiento con muchos millennials y con un ambiente que parecía mucho más cercano a lo que yo estaba buscando… pizza y cerveza cada viernes, caminadoras para hacer ejercicio en la pausa activa, dotación de camisetas (playeras) para sentirnos comprometidos con la empresa y bastantes latinos hispanohablantes… ¿qué más le podía pedir a la vida? Ah.. y mi salario aumentó 30%….Brutal, ¿verdad?

Pues no… antes de renunciar a mi puesto como gerente de proyectos, uno de mis antiguos jefes y mentor me dijo: «ten presente que te vas a bajar de jerarquía.. vas a pasar de ser gerente de proyectos a ser analista de activos. Así te paguen más, tu hoja de vida no va a reflejar eso y te va a costar recuperarte».

Este hombre tenía toda la razón. Lo triste es que yo estaba muy chiquita para verlo porque me faltaba inteligencia empresarial, es decir, la capacidad de tomar decisiones acertadas para mi carrera profesional dentro de una organización.

Volviendo al punto, NADA me gustaba en este trabajo; era demasiado repetitivo, no sentía reto y la verdad no me gustaba que tuviera que ver con mantenimiento. ¿Qué carajos hacía ahí? Para completar, mi equipo no me gustaba. Si hablas más de un idioma sabrás que en algunas ocasiones la fluidez de tu segundo o tercer idioma depende de tu estado de ánimo. Bien, pues mi inglés estaba peor que antes. Tenía un jefe que se comunicaba de manera muy extraña para mí, me parecía sarcástico y no era claro con lo que quería de mí. Por eso también es importante que conozcas bien la cultura del país donde trabajas. La manera en la que se relacionan las personas está vinculada estrechamente con la cultura.

Mi desempeño empezó a decaer, llegaba tarde y no podía concentrarme en mis tareas, porque simplemente ese trabajo no me gustaba. Ya tenía algo de depresión pero en ese trabajo se me disparó. Perdí las ganas de vivir, cosa que NO me había pasado antes… estaba mal, muy mal.

Regresar a mi pueblo

Un día en el que no pude más con la vida que llevaba, me armé de valor, renuncié a la empresa y también a mi vida en Estados Unidos. Empaqué todas mis cositas, vendí mi carro y compré un vuelo para para volver a mi país. Durante la transición me certifiqué como profesional en gerencia de proyectos (PMP, por sus siglas en inglés) y también me certifiqué como Six Sigma Green Belt para llevar a cabo proyectos de mejora de procesos. Supuse que con mi buen inglés, con la experiencia internacional que había adquirido y con las certificaciones las empresas colombianas me iban a llamar sin descanso…

No fue así

La verdad es que no. Me sorprendí mucho al ver que el mercado laboral en Colombia tenía personas tan capacitadas, con maestrías, tres idiomas y experiencias laborales en el extranjero mucho más llamativas que la mía.

Tomé un trabajo temporal en mi primera empresa colombiana y aproveché para sanar en buena parte mi depresión. Ahí trabajaba como ingeniera staff. Volví a las refinerías y de alguna manera volví a mi elemento. Entrenaba operadores, hablaba el mismo idioma y facturaba viáticos. Era feliz…. pero el trabajo era temporal y yo quería hacer más cosas. También me di cuenta de que si seguía trabajando en el mismo sector petrolero, podía caer de nuevo en una crisis y esta vez sería mi responsabilidad por no haber tomado acción a tiempo. Así que contraté a una empresa que me ayudó a cambiar la forma como me presentaba profesionalmente para cambiar de industria y por fin unirme al sector financiero o a tecnología.

El sector financiero

Seguros

En vista de que no tenía trabajo y no quería quedarme de vaga en la casa, un amigo me refirió para me ocupar una posición de liderazgo como Coordinadora de Multinacionales en una empresa de seguros. La adrenalina me había poseído nuevamente. Vaya rollo. Justo al tiempo empezaba mi maestría en Gerencia Estratégica y debía mantener un promedio de notas determinado para conservar la beca que me había ganado.

Imagínate estrenar trabajo y maestría presencial, todo al tiempo. Tenía clase los viernes y los sábados fuera de Bogotá y durante la semana tenía que estar en la oficina de 8am a 7pm para aprender términos completamente nuevos y superar la curva de aprendizaje de mi nuevo trabajo. Al llegar a casa tenía que hacer las tareas de la maestría. Uffff…. estaba mal todo. El trabajo me hacía sentir miserable. No me gustaba lo que hacía, no me gustaban mis responsabilidades y tener que responder a +100 correos diariamente era mucho. A pesar de que la empresa hizo lo posible para asignarme un equipo de trabajo y disminuir mi carga laboral, la realidad es que yo no quería estar ahí. Lloraba casi todos los días, estaba estresada, agotada, mal dormida y con angustia permanente.

Yo quería liderar proyectos y lo que estaba haciendo no era ni parecido. Estaba en algo totalmente operativo y monótono que para rematar, no me satisfacía ni profesional ni personalmente. A los 4 meses pasó lo que tenía que pasar. El estrés me sacó factura y me enfermé mal. Mi respuesta inmediata fue renunciar, por supuesto.

Pensé que ahora sí mi hoja de vida iba a quedar peor. No sabía cómo enmendar tanta cosa, tanto trabajo, tanto salto aquí y salto allá. Parecía un velero sin rumbo, y no solo parecía, lo era porque la realidad es que yo tampoco sabía bien qué quería hacer. No tenía inteligencia empresarial porque no sabía cómo moverme en ninguna industria, estaba insegura, pensé que no servía para trabajar y peor aún, me encontré siendo muy parecida a mi padre que nunca pudo hacer carrera en ningún trabajo porque nada le gustaba (tema para otro día).

Ni qué decir de lo que pensaba mi familia… «Edisa no se estabiliza», «Cuántas oportunidades ha tenido y las ha desperdiciado todas», «Ojalá que al menos termine la maestría»… Lo triste no es que lo dijera mi familia, sino que yo me lo creía. Lo bueno es que siempre he tenido claro que la salud es prioritaria y el estrés me estaba generando mucho ruido tanto física como emocionalmente. Así que llegó la siguiente decisión.

Bancos

En ese momento, una de mis amigas de la maestría me dijo que en su empresa, un banco muy grande de Colombia, estaban buscando un analista de mejora de procesos que supiera de gerencia de proyectos y de metodología six sigma 😱. Parecía que esa era yo y que los planetas se alineaban a mi favor.

Como te imaginarás conseguí el trabajo y debo decir que al comienzo todo fue increíble. Me gustaba lo que hacía, la gente de la que estaba rodeada, etc. Pero las cosas empezaron a cambiar porque la empresa necesitaba mostrar mejores resultados, así que me cambiaron de jefe. Y vaya situación. Este nuevo jefe empezó a hacerme microgerencia, es decir, a controlar cada cosa que yo decía, hacía y veía. Empezó a llamarme la atención por recibir llamadas personales en horario de trabajo y por salir a tomar café y demorarme. Ni qué decir de sus comentarios por recibir visita en mi escritorio y por no atender una reuinón de pie.

Tan solo habían pasado 8 meses desde que entré y me dije a mí misma: «no puede ser, no puedo salir corriendo de nuevo», pero fue inevitable. Yo quería hacer carrera dentro del banco. Una vez terminara mi maestría quería ser gerente y aportar todo mi conocimiento. Pero mi nuevo jefe tenía otros planes en mente para mí. De hecho no tenía planes jajajaja. Él NO quería que yo siguiera trabajando ahí. Y afortunadamente fui lo suficientemente sagaz para darme cuenta a tiempo de la situación.

Entonces empecé a pedirle a Dios una oportunidad en otro lugar. De repente me entraron ganas de regresar a Estados Unidos a ganar dinero en dólares porque sentía que lo que ganaba en pesos no me alcanzaba para nada. Estaba aburrida de pensar en qué ponerme para ir a trabajar y de que me hicieran observaciones por ir a la oficina en zapatillas deportivas los viernes. Estaba aburrida del control sobre mi trabajo y sobre todo lo que yo hacía, pero peor aún, me di cuenta que mi personalidad no se alineaba con mi jefe y en últimas, tampoco se alineaba con el banco.

De nuevo, Dios me escuchó. Me llamó una antigua jefe que tenía en Houston de un trabajo por horas con la que seguí trabajando parcialmente desde Colombia, y me dijo que necesitaban a alguien por un lapso de 3 meses para dar un entrenamiento a operadores en una planta petroquímica. Wao… es curioso porque yo quería volver a Houston a mostrarle a mis conocidos lo mucho que había cambiado y la nueva persona que era. Lo pensé unos días porque de nuevo, mi hoja de vida parecía una sopa de letras de diferentes temas, pero no quería seguir aguantando malos tratos de parte de mi jefe, así que lo hice. Renuncié luego de 10 meses en el banco y me fui a Houston con todos los gastos pagos por 3 meses.

De vuelta a Houston

Creo que ese regreso a Houston ha sido una de las partes más felices de mi vida. No solo hice algo que me encanta, que es dar entrenamiento a profesionales y mostrarles nuevas formas de hacer las cosas, sino que pude realmente disfrutar de todo lo que Houston ofrece. Probé las mieles del teletrabajo y también de tener tiempo libre para dedicarme a mí. Compré un libro de un autor que recomiendo mucho, El placebo eres tú de Dr. Joe Dispenza y empecé a cambiar muchas cosas en mí, a apreciar todo a mi alrededor y a agradecer por cada una de las oportunidades que se me presentaban. De repente Houston me pareció una ciudad hermosa llena de oportunidades. No me deprimía estando sola, disfrutaba del trabajo y amaba lo que hacía.

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Aproveché también para retomar contacto con los amigos que había dejado y también hice nuevos amigos. Pero tenía que volver a Colombia, así que decidí seguir trabajando en modalidad remoto con esta empresa. La idea era terminar la maestría y volver a Houston para ocupar una posición de tiempo completo. El asunto es que a veces uno planea mucho pero la vida tiene otros planes.

En Colombia y perdida de nuevo

Aunque el trabajo me gustaba porque era algo que conocía de tiempo atrás, algo dentro de mí empezó a hacerme ruido. Tenía un buen salario, podía trabajar en casa, y en teoría podía tomar las clases que me faltaban de la maestría y terminar la tesis. Aproveché el tiempo que tenía y me certifiqué como profesora de yoga; también me di espacio para conocer Europa y para dedicarme tiempo a mí y al descanso. Pero durante la última clase de la maestría tuve que hacer muchas cosas y me dio un ataque de migraña que me impidió trabajar mano a mano con mis compañeros para entregar el trabajo final. Las cosas empezaron a complicarse con mi salud y ahí estaba yo, repitiendo los viejos patrones… caí en la misma espiral de trabajo estresante con muchas cosas que hacer al tiempo y con un estrés superior a mí.

Además, por alguna razón, quizás en parte influenciada por lo que había aprendido en mi certificación de Yoga, sentí que otra vez se me estaba perdiendo el rumbo de ser Gerente de Proyectos. Me volvió la loquera con el tema de no trabajar más en el sector petrolero pero ahora desde otra perspectiva. No quería trabajar para una industria que según yo le hacía tanto daño al medio ambiente (esa perspectiva ha cambiado un poco pero te lo contaré en otra entrada).

También empecé a darme cuenta de que yo todavía no me quería ir de Colombia, así que decidí hablar con mi jefa y decirle que no iba a aceptar la posición tiempo completo y que tampoco me iba a ir a Houston.

Por esas fechas llegó el 2020 y con él, la tan nombrada pandemia… Yo todavía no terminaba mi tesis. Gracias a lo que había trabajado cuando estuve en Houston en 2019 ahorré bastante dinero, lo suficiente como para vivir casi dos años sin ninguna necesidad. En 2020, sin haber terminado la tesis, me uní a una escuela de emprendimiento digital para darle forma a una idea que me llevaba rondando la cabeza hace rato, una escuela virtual de yoga con enfoque terapéutico.

El emprendimiento

Aquí empezó mi camino emprendedor. Decidí meterle toda la ficha a un proyecto que no tenía pies ni cabeza, pero que iba a ser exitoso sin lugar a dudas. No tenía más opción. Había soltado una oportunidad laboral estable para darle lugar a mis sueños. Sí o sí tenía que funcionar.

Lo que nadie me dijo es que emprender es un camino que a algunos les toma meses y a otros, como yo, nos toma años. Emprender me enseñó realmente la importancia de tener buenas relaciones, de construir redes de trabajo, de tener un buen diseñador gráfico en mi equipo y de aprender a usar adecuadamente las redes sociales. Aprendí a diseñar páginas web, a hacer eventos en vivo en Instagram y Facebook, también pautas publicitarias y cómo no, aprendí a crear podcasts. Ni qué decir de todas las profesiones nuevas que me enteré que existen en el medio digital: asistente virtual, community manager, estratega de redes sociales, consultor de emprendimientos, etc.

Fue abrumador no solo por la cantidad de información nueva que debía aprender sino porque estaba haciendo mi tesis de maestría y las dos cosas me traían loca. Otra vez, repitiendo patrones. En algún momento había pensado en hacer una escuela de liderazgo femenino pero pensé que sin la tesis no tendría la autoridad ni el reconocimiento para llevarla a cabo.

En fin, empecé a cansarme de hacer muchas cosas al tiempo, de invertir dinero en más formaciones y en publicidad y ver que los resultados no llegaban. El dinero empezó a agotarse y mis ganas de dictar clases de yoga también.

Como última opción, cerré mi proyecto de yoga y empecé con este proyecto, Liderazgo Holístico. No fue fácil. Ya venía con muchas frustraciones de lo que había ocurrido con yoga y ahora estaba con menos impulso, menos dinero, pero con más experiencia y estrategia.

Cuando llevaba 4 meses de meterle toda la ficha a Liderazgo Holístico me di cuenta de que mi dinero se había acabado. No fue una decisión fácil pero mi nuevo proyecto necesitaba un inversor, y decidí que sería mi nuevo empleo. Así que me embarqué en la hermosa búsqueda de un trabajo corporativo que me permitiera ser yo, con mis locuras, con mis inseguridades y con mi emprendimiento a bordo.

Regreso a la corporación

En octubre de 2020 me uní a la empresa con la que trabajo actualmente. La verdad es que soy muy bendecida al poder trabajar en este lugar. No solo me dieron la oportunidad de reinventarme una vez más, sino que me han dado herramientas para crecer junto con mi proyecto de Liderazgo Holístico. Soy Gerente de Proyectos Senior y trabajo en algo completamente diferente a petróleo y a banca. Estoy en el sector digital y amo cada cosa que veo acá. He aprendido sobre creación de productos digitales, experiencia de usuario, satisfacción al cliente y por supuesto, empoderamiento femenino.

¿Qué ha sido diferente? Todo. Cambié absolutamente todos los paradigmas que tenía sobre las organizaciones para encontrar una que se alineara con mi nuevo modelo de pensamiento. Hice varios procesos de sanación para no volver a tropezar con las mismas piedras y sobre todo, dejé de ser yo para darle lugar a una persona nueva. Solo cuando reconocí todo lo que yo era y también todo lo que quería dejar de ser, nació esta nueva persona que ahora trabaja en una empresa diferente haciendo cosas diferentes.

Meditación sanación interior – Comunidad Ogum das Matas

Como te habrás dado cuenta, no fue un proceso lleno de arcoíris y conejitos saltando. Al contrario, fue doloroso y en parte penoso. Pero lo quise compartir contigo porque creo que todos tenemos nuevas oportunidades cada mañana al despertar. También hice una lista de mis lecciones aprendidas para que puedas tomar mejores decisiones a la hora de reinventarte profesionalmente.

Lecciones Aprendidas

  1. Sigue a tu corazón. Ajá, síguelo aunque tu familia te diga que te falta estabilidad o coherencia. Síguelo aunque parezca cero racional. Síguelo aunque tengas miedo. Tu corazón es un muy buen consejero. Cuando algo te parece que no está bien, es porque no lo está, así que presta atención. Pero ojo, no lo confundas con un brote de adrenalina. Conócete bien para que aprendas a escuchar el susurro de tu alma.
  2. No aceptes todos los consejos. Ese fue mi primer gran error. Me dejé convencer de personas que aunque querían lo mejor para mí, no sabían lo qué era mejor para mí. Tus ideales deben ser tan fuertes que nadie pueda tumbarlos.
  3. Escoge a tu empresa. Ojalá pudiera ser más enfática con esto, pero por favor, date el lujo de escoger la empresa en la que quieres trabajar. Yo cambié varias veces de sector y de organización porque no encajaba con en esas culturas. Pero me tardé mucho en entenderlo. A mí me gusta un lugar en el que me sienta libre, donde se respete mi autonomía y me apoyen para crecer personal y profesionalmente. Un lugar en el que tenga cierto margen de error antes de que me hagan un llamado de atención con copia a la hoja de vida. Una empresa en la que no tenga que cumplir con un código de vestuario porque eso no es un aporte crucial para mi profesión. Una empresa que me permita tener un equipo y apoyarlo. Una empresa que apoye mi emprendimiento. ¿Cómo es la cultura de tu empresa ideal?
  4. Ten un plan de carrera, ojalá dentro en la empresa que escojas. Este punto también es crucial. Actualmente tengo un plan de carrera y como me gusta la empresa en la que estoy trabajando y también me gusta lo que estoy haciendo, soy consciente de que necesito un tiempo más en esta posición para aprender todo lo que necesito. Después me moveré de cargo a uno con más responsabilidades y por supuesto, con mejor salario. ¡Pero ya tengo un plan!
  5. Sé disciplinada. A veces seguir un plan nos cuesta y empezamos con el autosabotaje. Si estás pensando en hacer un cambio de carrera y para eso tienes que volver a estudiar, aprender algo nuevo o quizás certificarte, hazlo con constancia, perseverancia y disciplina. Empezar algo es muy fácil porque tenemos toda la expectativa de lo nuevo, pero cuando la novedad se acaba, ¿qué queda? Pues eso, la disciplina. La disciplina es tu mejor aliada. Cultívala y ámala. La disciplina se vuelve más fácil de alimentar cuando tienes un plan escrito. Arma tu plan de carrera y medita muy bien los cambios que quieres hacer para que no termines como yo, tomando decisiones influenciada por x o y persona y en medio de altas dosis de adrenalina.
  6. Ten un(a) mentor(a). Este consejo lo doy muy seguido porque en verdad me ha servido. Ojalá todas pudiéramos tener un mentor o una mentora que viera todo nuestro potencial y nos ayudará a sacar lo mejor de nosotras. Una persona que nos ayude a crecer profesional y personalmente. Alguien con experiencia y en quien confiemos para que nos apoye en este camino de liderazgo y de reinvención cuando sea el caso. ¿Cómo escoges a esta persona? Alguien a quien admires de forma holística y con quien tengas una relación cercana. Casi siempre recomiendo buscar a alguien dentro de tu organización que no necesariamente sea tu líder, pero que lleve una carrera como la que sueñas para ti.

¿Te gustó este post? Compártelo con esa persona que se ha reinventado mil veces y sigue en búsqueda de su camino 🙂

Con cariño,

Edisa Lozada